LA QUEBRADA

 

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QUEBRADA DE HUMAHUACA

Allá, donde la arena inmaculada curva su vientre bajo un sol de fuego; allá, muy lejos, donde nace el río del umbral de la Rosa de los Vientos.
Allá, en la Puna, donde el iris manso de las llamas recogen sus abismos la soledad del páramo y del hombre;
allá, muy lejos, donde crece el río...
Allá nace, del músculo del Inti, el curvo trazo que marcó su lanza; Allá nace, del lagrimal del viento, todo el llanto de América inmolada. Largo hachazo, guión de las tormentas, reclinatorio de la testa incaica, ruta del viento que anuda continentes, callejón de la sangre americana, féretro azul de angosta simetría, devastada quietud del Capricornio, por tus senos pasaron mil legiones, desde el Sur al Septentrión del territorio.
O vinieron blandiendo las tizonas, o el toledano acero de sus corvos, aquellos que invadieron tantas veces el soberbio país de Viltipoco.
En las noches, los ojos de la Luna de las sombras rescata los despojos de jinetes que duermen su heroísmo en la trama cribada de sus ponchos.
¡Guarda tu historia, Quebrada de Humahuaca, en las tumbas que encierran tu memoria en la blanca escritura del salitre donde cuentan tus siglos las auroras. Primero, antes que todo; fue una danza voluptuosa en el seno del pantano.
Mucho después, un cálido suspiro en las fauces abiertas del verano.
Más allá por las altas cordilleras amaneció de gris en los carámbanos. Corazón en la helada estaláctica floración de humedad por el espacio.
Por esas soledades del silencio llevaba en su memoria el calendario, un otoño amarillo de paisajes, un invierno de río tributario.
El viento, el sol, el frío, las plegarias... las negras cerrazones lo encontraron amaneciendo los cielos de tormenta,
por esas tempestades del verano. Llegó al centro del clima por noviembre casi ciego de luz por los nublados
Llovió sobre las secas polvaredas desde el Alto Perchel hasta Abra Mayo, llenó los callejones y las sombras.
Ebrio de noche oscura, por el barro revolcó las doncellas de las fuentes con la ardiente lujuria de sus brazos.
Estrelló sus pupilas de viajero en el centro bermejo del remanso viejo de andar, volvía hasta Tilcara, antiguo amor que nunca había olvidado.
Hasta el puente del recio maderamen le hizo crujir las vigas de quebracho.
Era el poder inmenso de la tierra por un puñal de lluvia desangrado. Oh, mi río de piedras y de espuma, hijo de la tempestad y del relámpago, lloro por vos cuando me encuentro lejos, cuando te nombro, hermano Huasamayo.

Poesías de Germán Churqui Choquevilca y música de Gustavo Patiño

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